
Henry Kissinger predijo el fin de ese período de luces, conocido por la humanidad como la Ilustración, víctima de los avances en materia de inteligencia artificial. Según él, al aprender las máquinas a tomar decisiones sin colocar estas decisiones dentro de un marco de principios y valores, el mundo sería llevado al límite en materia de conflictos que difícilmente se podrían solucionar mediante la razón.
Pues he aquí que se equivocó.
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Resulta que los humanos nos estamos adelantando a ese momento en que las máquinas tengan capacidad para decidir por nosotros y estamos destruyendo a mandarriazo puro el orden internacional que surgió de la Ilustración.
Y lo terrible es que el ataque certero y brutal no viene de naciones recién creadas y agrupadas dentro de una denominación de Sur Global.
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No, los ataques a los cimientos del orden internacional vienen del país que surgió de la Ilustración.

Porque, si bien la Ilustración vio la luz en suelo europeo, fue en América donde encarnó.
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La primera democracia verdadera surgió en 1776 en suelo americano y, desde entonces, no ha hecho otra cosa que iluminar el sendero de la libertad para múltiples naciones.
Pero esa creación única del hombre culto y civilizado está sub judice por sus propios hijos, que parecen estar más interesados en sumar billones a sus cuentas bancarias y alardear de guapos de barrio por el mundo entero antes de sujetarse a las normas de la república que describiera Benjamin Franklin. Y esas normas demandan adhesión a ciertos procedimientos que permiten sumar voluntades, agregar intereses y resolver conflictos para así crear una comunidad capaz de sostener una república.
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Pero por alguna razón telúrica se ha tomado el camino de modificar el andamiaje institucional de una nación, repartiendo patadas y pescozones a diestra y siniestra, sin hacer pausa para explicar las razones que asisten a la conducta desplegada.

El resultado es que vemos con temor los noticieros vespertinos y abrimos con horror las computadoras en la mañana, ante lo que tememos será un desfile de improperios y conductas violentas contra servidores públicos, cuyo único pecado ha sido emplearse con el gobierno federal.
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Asistimos espantados a la falta total de respeto hacia la investidura presidencial por parte de un sujeto que, si bien es una reconocida figura del mundo empresarial, no tiene derecho alguno a minusvalorar al Presidente de los Estados Unidos con su actitud desfachatada, su vestimenta informal y la compañía de un chiquillo que, durante la rueda de prensa convocada para que su padre explicara la lógica de los ataques a la burocracia federal, interrumpió a Donald J. Trump.
En el mundo estamos colocando al victimario en el mismo nivel de la víctima al proclamar que Ucrania inició la guerra y que su Presidente es un dictador. Ni hablar de la presencia de Estados Unidos en la Conferencia de Seguridad Europea celebrada en Múnich, en la que se abstuvo de ejercer la cortesía y saludar al Canciller de la República para reunirse con agrupaciones neonazis que niegan el Holocausto.
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En paralelo, la retórica oficial ensalza a un criminal de guerra como Vladimir Putin y pisotea a uno de los mandatarios más heroicos de este siglo, Volodimir Zelensky.
Nadie duda que el tamaño del gobierno federal debe reducirse. Tampoco se duda que el problema de la deuda pública debe ser tratado con celeridad y urgencia porque estamos licuando el dólar y empeñando el futuro de nuestros hijos y nietos. Pero esos fines son alcanzables construyendo el consenso y siguiendo las normas.
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Alcanzar esos objetivos destruyendo el tejido institucional es exactamente lo mismo que han hecho los líderes del socialismo del siglo XXI en sus naciones ubicadas al sur del río Bravo.
Iniciaron su carrera explotando los conductos que toda democracia ofrece para, una vez instaurados en el poder, destruir la institucionalidad y perpetuarse en el poder.
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Ese sendero pareciera ser atractivo para los actuales gobernantes de Estados Unidos, más aún luego de que el congresista Andy Ogle, republicano de Tennessee, introdujera una propuesta de enmienda constitucional para permitir que Trump opte por la reelección.
La compañía que rodeó a Estados Unidos en el reciente voto cuasi unánime de la Asamblea General de la ONU condenando la invasión de Rusia a Ucrania parecería reflejar un distanciamiento de la democracia liberal creada en el siglo XVIII y un acercamiento a la tentación autoritaria. Porque con Estados Unidos votaron en contra de la resolución Haití, Palau, Burkina Faso, las Islas Marshall, la República Centroafricana, Guinea Ecuatorial, Burundi, Níger, Nicaragua, Sudán, Bielorrusia, Rusia, Corea del Norte, Siria, Eritrea y Mali.
Ciertamente, una compañía que nos llama a reflexionar sobre la fecha de vencimiento de la Ilustración como fuente de inspiración de la mayor democracia del mundo.
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