
El 17 de agosto el Superior Principal de los Jesuitas, padre Arturo Sosa Abascal, emitió un severo pronunciamiento contra los desmanes perpetrados por el régimen de Nicaragua presidido por Daniel Ortega y Rosario Murillo contra la Universidad Centro Americana (UCA) y la orden de los jesuitas. En la comunicación resalta la falsedad de las acusaciones; el atropello de la acción judicial contra la provincia jesuita de Centro América y el deber de todos los miembros de la Compañía de Jesús de unirse en comunión con los jesuitas de Nicaragua para entre todos lograr la redención por los caminos de la verdad.
Y uno pensaría que luego de tan conmovedora misiva, el Pontífice Romano se uniría a la súplica del General Jesuita para reconfortar a los jesuitas agredidos en Nicaragua y movilizar a la comunidad internacional contra el régimen de Managua.
Pero nada de eso ha ocurrido, lo cual nos lleva preguntarnos si el papa Francisco no habrá decidido dejar de ser jesuita. Porque si lo fuera tendría que seguir la práctica ignaciana que ha hecho famosa a la orden de los jesuitas al tiempo que ha logrado galvanizar el apoyo de muchos pueblos a la iglesia de Cristo. Porque si uno se lee la historia del fundador de la orden, San Ignacio de Loyola, queda bien claro que si algo les legó a sus seguidores son tres virtudes que, a mi juicio, contienen la redención del siglo XXI. La primera virtud es la de luchar por compartir los pasos de dios en nuestra vida. Y esos pasos lo primero que aconsejan es dar la batalla por los débiles; los perseguidos y los calumniados. La segunda virtud legada por San Ignacio es la de ver a la comunidad de la cual se forma parte como parte de nuestro organismo y por lo tanto luchar for su integridad y santidad. Y finalmente, nos dice San Ignacio, que los líderes tienen el deber de compartir los pasos de Dios en el permanente encuentro con nuestros hermanos y en particular con aquellos que laboran por esparcir la verdad y el bien.

Pues sucede que el papa Francisco ha escogido la distancia y el silencio ante uno de los peores atropellos que se haya perpetrado contra una congregación dedicada a hacer el bien y de la cual él forma parte.
Y si bien es cierto que en su carácter de autoridad religiosa debe trascender la política, no es menos cierto que una agresión de esta naturaleza contra una institución que presta servicios educativos en un país donde estos no sobran al menos merece un pronunciamiento solidario por parte del jefe de la Iglesia Católica. Porque tal y como lo indicara San Ignacio de Loyola, “si nuestra iglesia no se distingue por el cuidado de los pobres, los oprimidos, los hambrientos, somos culpables de herejía”.
Y mientras en el Vaticano reina este estentóreo silencio sobre el atropello a la Compañía de Jesés en Nicaragua, el papa Francisco ha decidido sumarse al credo autoritario del Sr Vladimir Putin indicándole a la juventud rusa que visitaba el Vaticano: ”No olviden su herencia. Sois herederos de la gran Rusia: la gran Rusia de los santos, de los reyes, la gran Rusia de Pedro el Grande, de Catalina II, del gran imperio ruso, culto, tanta cultura, tanta humanidad. Ustedes son los herederos de la gran madre Rusia. Adelante”. ¡O sea vayan a cumplir el destino imperial que empieza por invadir Ucrania! ¡Definitivamente nada más alejado del pensamiento ignaciano que esto!
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