Kirguistán, una república montañosa de Asia Central de apenas 6,7 millones de habitantes, atraviesa el ciclo de crecimiento más intenso de sus tres décadas de independencia. La economía se expandió un 10% interanual en los primeros nueve meses, hasta alcanzar unos USD 13.700 millones, impulsada por la construcción, la industria y el comercio mayorista, según datos del comité estatal de estadísticas citados por Reuters. El año anterior el país había crecido un 11%, de acuerdo con el mismo registro oficial.
Detrás de las cifras hay un fenómeno que economistas y organismos occidentales describen sin ambigüedades: Kirguistán se convirtió en el principal corredor de reexportación de bienes que, tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, dejaron de poder llegar directamente a Moscú. Camiones cargados con electrónica, maquinaria y componentes de doble uso —civiles y militares— cruzan el país desde China y, en menor medida, desde Europa, antes de continuar hacia territorio ruso.
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Azamat Akeneev, economista jefe del Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de Kirguistán, explicó a Reuters que el país, integrado en la Unión Económica Euroasiática liderada por el Kremlin, se transformó en una suerte de plaza extraterritorial para empresas rusas que utilizan el sistema financiero kirguís para resolver sus problemas de pago derivados de las sanciones.

El comercio con la Unión Europea ilustra la magnitud del cambio. Las importaciones kirguisas desde países comunitarios pasaron de unos USD 250 millones en 2021 a cerca de USD 1.300 millones en 2022, tras el inicio de la guerra, y llegaron a rondar los USD 3.000 millones en 2024, según cifras de Eurostat recogidas por medios especializados en la región. Las exportaciones kirguisas a la UE, en cambio, se mantienen muy por debajo, apenas superiores a USD 100 millones.
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El oro, único producto de exportación relevante del país, también contribuyó al repunte. Su precio en el mercado internacional casi se duplicó durante el primer año de la segunda presidencia de Donald Trump, después de una escalada ya pronunciada en 2024, en un contexto de incertidumbre geopolítica global. A ello se suman las remesas de los cientos de miles de migrantes kirguisos que trabajan en Rusia, cuyos salarios subieron por la escasez de mano de obra provocada por la movilización militar rusa.
Este rol de intermediario ha atraído un escrutinio creciente de Washington y Londres. En enero de 2025, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó al banco kirguís Keremet Bank, al que acusó de coordinarse con funcionarios rusos y con Promsvyazbank —entidad rusa vinculada al sector de defensa— para facilitar transferencias transfronterizas. Según el Tesoro, el Ministerio de Finanzas kirguís había vendido en 2024 una participación mayoritaria de Keremet a una firma cercana a un oligarca ruso, con el objetivo declarado de crear un centro de evasión de sanciones.
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En agosto de 2025, el Reino Unido amplió la presión al sancionar a Capital Bank of Central Asia, designado por Bishkek como la única entidad autorizada para gestionar transacciones en rublos, junto con dos plataformas de criptomonedas, Grinex y Meer, que Londres acusó de operar la infraestructura de un token respaldado en rublos —el A7A5— que habría movido unos USD 9.300 millones en apenas cuatro meses.
El presidente kirguís, Sadyr Japarov, rechazó las acusaciones y calificó las sanciones de “politizadas”. El mandatario argumentó que su país mantiene una política exterior multivectorial y recordó que, pese a las sanciones británicas, el Reino Unido sigue comprando alrededor de USD 1.000 millones anuales en oro kirguís, mientras la Unión Europea comerció con Rusia por USD 141.000 millones en 2024, según datos que el propio Japarov citó públicamente.
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Las autoridades kirguisas han respondido con medidas parciales: en abril ordenaron el cese de actividad de medio centenar de empresas por riesgo de sanciones, y varios bancos locales suspendieron transacciones con entidades rusas ya sancionadas. Analistas citados por Eurasianet advierten, sin embargo, de que el propio sector bancario del país muestra signos de saturación, con comisiones que se duplicaron y transferencias cada vez más demoradas.
El auge kirguís depende, en última instancia, de factores que escapan a su control: un eventual acuerdo de paz en Ucrania, un endurecimiento sostenido de la fiscalización occidental o una decisión de los exportadores chinos de buscar rutas alternativas podrían revertir en poco tiempo un crecimiento que hoy se sostiene, en gran medida, sobre el conflicto que lo hizo posible.
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