
Recuerdo el día que Jorge Luis Borges publicó en el periódico La Nación (1975 Buenos Aires, Argentina) “El remordimiento”. Tampoco puedo olvidar el impacto que me causó pensar que Borges, el gran Borges no había sido feliz, había errado al camino y había quedado envuelto en “naderías” (Aún conservo el recorte del periódico).
Equivocadamente pensé que, si Jorge Luis Borges, uno de los escritores más importante del siglo XX, se había perdido dentro de su laberinto mental, sin encontrarle una buena salida a sus desgracias, las posibilidades de ser feliz para el común de las personas serían muy pocas o casi nulas. En ese entonces, estaba convencida de que, si la inteligencia no podía hacer feliz a una persona, nada podría lograrlo, por lo cual, no me llevó más que unos pocos segundos incluirme en la lista de las futuras desdichadas.
Borges había quedado atrapado en su determinismo fatídico y condenado por sus propias sentencias. Su poema “El Remordimiento” era un claro ejemplo de lo que podemos hacer cualquiera de nosotros con nuestras vidas. Borges era un reflejo de la época en la que vivía. En ese entonces se desconocía el poder que tenemos para arruinarnos, reciclarnos o construirnos la vida y el poder que tiene nuestra mente y la inmensa responsabilidad que tenemos en nuestras manos para hacernos una vida que esté acorde a nuestras expectativas.
En nuestra mente esperan las llaves del reino y del infierno, y no importan los conocimientos académicos ni el nivel social y/o económico que tengamos. Lo único que cuenta es cuán dispuestos estamos a hacer de nosotros, algo mejor, en tanto y en cuánto no tomemos como irreversible lo que se puede modificar.
Hoy sabemos que las mayores diferencias entre los seres humanos están dadas por el grado de compromiso y no por las características individuales. Si bien nuestras personalidades, estilos, maneras de comportarnos y creencias, difieren entre unos y otros, todos podemos llegar a cumplir nuestras metas y alcanzar nuestros objetivos.
Esta profesión me enseñó dos grandes lecciones. La primera, es que hacemos lo mejor que podemos en cada instante de nuestra vida, aunque eso que hagamos sea insuficiente, innecesario y hasta a veces nocivo para nosotros. No nos levantamos por la mañana con el firme propósito de arruinarnos el día, aunque en ocasiones, ese sea el resultado que obtenemos.
Lo segundo que aprendí es que tenemos que aprender a perdonarnos y a vivir la vida cultivando el arte de lo posible, de esa forma podemos evitar mucho sufrimiento en vano.
Borges no supo ser feliz. No fue por su falta de valor, sino por la firme convicción de sentirse condenado a ser infeliz, creyendo que la felicidad dependía de las circunstancias y no de sí mismo. Eso no le permitió equilibrar su vida, dejando con su obra mucho más de lo que se pudo llevar de este mundo. Sus “naderías” continúan enriqueciendo la vida de miles de lectores.
Hoy queda en nosotros vivir de otra manera el “juego humano de las noches y los días” y asegurarnos, de esa forma, de que Borges sea el último de los desdichados.
*Psicóloga y escritora
Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio
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