
Terminó un nuevo eclipse de Luna, que ofreció un fenómeno astronómico que atrajo miradas y cámaras en muchos rincones del planeta.
Es que un eclipse lunar total tiñó de rojo la superficie del satélite, generando un espectáculo visible en extensas regiones de América, el océano Pacífico, Asia y Oceanía.
El evento se produjo en una etapa de intensa actividad astronómica, que incluyó el eclipse solar anular del pasado 17 de febrero y la reciente alineación de seis planetas con la Luna.
Según destacó la NASA, un eclipse lunar total ocurre cuando la Tierra se posiciona exactamente entre el Sol y la Luna en fase llena, bloqueando la luz solar directa que normalmente ilumina la superficie lunar.
Esta alineación genera un efecto óptico singular: la sombra de nuestro planeta produce una tonalidad rojiza o anaranjada sobre el disco lunar.
El fenómeno se explica por la dispersión de la luz solar a través de la atmósfera terrestre, que filtra las longitudes de onda más cortas, como las azules, y deja pasar las rojizas.
La secuencia de todo eclipse lunar total consta de tres etapas principales: la penumbra, la parcialidad y la totalidad. Durante la fase de totalidad, la Luna se transforma en una esfera de rojo intenso, conocida popularmente como “Luna de sangre”.

El tono y la intensidad de ese color varían según la cantidad de polvo o nubes presentes en la atmósfera terrestre en ese momento.
Existen tres tipos de eclipses lunares: el total, en el que la Luna se introduce completamente en la sombra umbral de la Tierra; el parcial, donde solo una porción del satélite experimenta ese oscurecimiento; y el penumbral, caracterizado por un oscurecimiento tan leve que muchas veces pasa desapercibido para el ojo humano.
A diferencia de los eclipses solares, que solo pueden verse desde zonas muy específicas, los eclipses lunares resultan visibles desde cualquier lugar donde la Luna se encuentre sobre el horizonte durante el evento.
El eclipse lunar total del 3 de marzo fue observable en América, Asia oriental, Oceanía y el Pacífico.
El eclipse lunar total no fue un fenómeno aislado. Llegó tras el “anillo de fuego” del eclipse solar anular registrado el 17 de febrero, visible en la Antártida.

Y poco después de una inusual alineación de seis planetas y la Luna la noche del 28 de febrero, una configuración que no volverá a repetirse hasta 2040.
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