
En los análisis realizados por el equipo de científicos, el ADN extraído de la sangre ingerida por los mosquitos mostró que una proporción significativa provenía de seres humanos, con varios casos en los que la misma muestra combinaba sangre de diferentes especies, incluidas personas y animales. Los datos recopilados señalan que, ante la disminución de opciones naturales de alimentación debido al avance humano en el Bosque Atlántico, los insectos modifican sus patrones y tienden a alimentarse con mayor frecuencia de humanos, lo que incrementa el riesgo de transmisión de enfermedades. Esta es la conclusión central del estudio desarrollado por investigadores del Instituto Oswaldo Cruz y de la Universidad Federal de Río de Janeiro, un trabajo publicado en la revista 'Frontiers in Ecology and Evolution', según consignó el medio.
Según publicó el Instituto Oswaldo Cruz, la investigación se centró en las reservas naturales Sítio Recanto y Ecológica del Río Guapiacu, ambas ubicadas en el estado de Río de Janeiro. Los expertos emplearon trampas de luz para atrapar ejemplares de mosquito y, una vez en el laboratorio, analizaron el contenido sanguíneo de hembras visiblemente alimentadas. Para identificar el origen de la sangre, emplearon secuenciación genética comparando las muestras con una base de datos que actúa como 'código de barras' para especies de vertebrados.
Durante el trabajo de campo, los científicos capturaron un total de 1.714 mosquitos pertenecientes a 52 especies distintas. De estos, 145 hembras presentaban sangre en su interior y pudieron analizar la procedencia en 24 casos concretos. Dieciocho de estos ejemplares habían obtenido su alimento de humanos, mientras que el resto provenía de un anfibio, seis aves, un cánido y un roedor. El estudio detectó situaciones de alimentación múltiple: la especie Culex quinquefasciatus venezolensis mostró sangre simultáneamente de anfibio y de humano, mientras que Culex fasciolata presentó mezclas de roedor y ave, o de ave y humano, dependiendo del individuo.
La Mata Atlántica, destaca el trabajo firmado por Jeronimo Alencar y Sergio Machado, se extiende por la costa de Brasil y alberga una biodiversidad de cientos de especies de aves, reptiles, mamíferos, anfibios y peces. No obstante, sólo alrededor de un tercio de la superficie original persiste sin alteraciones tras décadas de expansión humana. Esta deforestación y ocupación reducen notablemente el número y la variedad de hospedadores naturales disponibles para los mosquitos. Según explicó Machado a Fronteras en Ecología y Evolución, “con menos opciones naturales disponibles, los mosquitos se ven obligados a buscar nuevas fuentes de sangre alternativas. Terminan alimentándose más de humanos por conveniencia, ya que somos el huésped más frecuente en estas áreas”.
El coautor, Sergio Machado, quien investiga microbiología e inmunología en la Universidad Federal de Río de Janeiro, agrega en el texto consignado por el Instituto Oswaldo Cruz que el principal hallazgo reside en la preferencia de los mosquitos por el ser humano: “Esto es crucial porque, en un entorno como el Bosque Atlántico, con una gran diversidad de posibles huéspedes vertebrados, la preferencia por los humanos aumenta significativamente el riesgo de transmisión de patógenos”. A medida que los habitantes humanos se establecen en áreas previamente boscosas, la fauna autóctona disminuye y los insectos vectores de enfermedades cambian sus rutinas, incrementando la exposición humana.
Entre las consecuencias más graves de este fenómeno destaca el aumento del riesgo sanitario provocado por la transmisión de virus como el dengue, la fiebre amarilla, el zika, el mayaro, el sabiá y el chikunguña, todos presentes en la región y causantes de padecimientos con notables consecuencias para la salud pública, de acuerdo con el reporte de los investigadores. Las picaduras de mosquito, más allá de la molestia que provocan, son puertas de entrada para este tipo de agentes infecciosos, con potenciales efectos adversos en el corto y largo plazo.
Los autores subrayan la importancia de estudiar los hábitos alimentarios de los mosquitos, ya que permiten entender las dinámicas epidemiológicas y ecológicas de los patógenos transmitidos. El análisis, reportado por el Instituto Oswaldo Cruz, señala una tasa relativamente baja de hembras de mosquito con sangre (menos del 7% del total capturado), así como la dificultad de identificar la fuente de la sangre en todos los casos (alrededor del 38%). Esto revela la necesidad de expandir los estudios con metodologías más eficaces y bases de datos más amplias, para determinar con más precisión el rango de especies afectadas y la frecuencia de alimentación mixta.
El equipo plantea que los resultados del estudio pueden contribuir a desarrollar políticas públicas y estrategias más focalizadas que permitan identificar, controlar y anticipar brotes epidémicos derivados de la interacción entre estos insectos y los humanos. Según el trabajo citado por el Instituto Oswaldo Cruz, “saber que los mosquitos de una zona tienen una fuerte preferencia por los humanos sirve como alerta sobre el riesgo de transmisión”, una información que resulta clave para la organización de medidas de control, vigilancia y prevención dirigida.
Tanto el Instituto Oswaldo Cruz como la Universidad Federal de Río de Janeiro coinciden, según lo consignado en el estudio, en que comprender la adaptación y el cambio de comportamiento de los mosquitos frente a la pérdida de biodiversidad puede orientar esfuerzos para el control de vectores y la prevención de enfermedades. Los especialistas consideran que, a largo plazo, los resultados plantearán la importancia de abordar la gestión de la salud pública considerando el equilibrio ecológico del entorno.
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